Crítica de “Los últimos días de Judas Iscariote” en Palma del Río

El martes dieron comienzo las representaciones teatrales de esta 28 edición de la Feria del Teatro en el Sur con la producción que Theatre for the People presentó en la Sala Reina Victoria, titulada Los últimos días de Judas Iscariote . El texto, original de Stephen Adly Guirgis, ha sido traducido por Adan Black, que es también el responsable de su dirección. El autor escoge este personaje, Judas, como podría haber elegido cualquier otro, que le sirve de apoyo para hablar de otras cosas que nos son cercanas a los seres humanos de hoy. Acierta plenamente: Judas Iscariote es un traidor, mejor dicho, el traidor por antonomasia. A partir de aquí, la obra pone en tela de juicio las estructuras del ser humano, desde los pensamientos propios a la justicia en cualquiera de sus estamentos y hasta lo que parece más intocable: la bondad de Dios e incluso su existencia. Sobre el espacio vacío del escenario se va desgranando la historia. Para librar del infierno o el purgatorio a las almas condenadas se revisan casos a diario y se propone que uno de ellos sea el del traidor que vendió al hijo de Dios. Diez magníficos actores interpretan los dieciséis personajes de la obra. No necesitan más que ese escenario vacío para poner en marcha la maquinaria de su medida expresión corporal, su cuidada dicción, para dejar al espectador atrapado en el texto. Actores y actrices derrochan energía en este montaje que nos lleva del llanto a la risa a través de una brillante mezcla que equilibra tragedia y farsa, drama y comedia y fluye en esta puesta en escena de Adan Black y se irradia al patio de butacas desde lo más visceral de los intérpretes.Todos los actores rayan a gran altura. Tan solo mencionar a una excelente María Morales, cordobesa, a la que hacía tiempo no tenía el placer de ver trabajar y a otro actor cordobés, Luis Rallo, que convenció con la calidad de sus registros vocales. El director hace uso de excelentes audiovisuales para incorporar personajes que intervienen en la historia pero no son llamados como testigos. La iluminación, espléndida. No así la duración del montaje, demasiado largo. Quizás sería bueno realizar pequeños recortes que, sin influir para nada en el contexto de la obra, permitieran al espectador relajarse, a pesar de que no se aburre en ningún momento. Como anécdota, decir que la intensidad de la representación es tal que Alberto Berzal, en el papel de Judas, tuvo una torcedura en el tobillo al final de la misma que, afortunadamente, no le impidió continuar.